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RE: [escepticos] RE: La existencia de Dios



[ERNESTO J. C.:]
> Gracias a todos los que habéis respondido a mis lloros sobre el tema de
> Dios. La verdad es que lo que ha dicho Mercader me está dando bastante
que
> pensar.
> Es posible que en una discusión con un creyente -o con un agnóstico, que
> suele utilizar argumentos similares, curiosamente- un ataque al Dios de
la
> gente (pitufoide) nos puede dejar sin argumentos si el otro te saca a
> la primera causa con aires de superioridad, como diciendo "te has quedado
> al nivel de la plebe, chaval". Ante esta situación, mi respuesta sería
> hacerle al "deísta" o al agnóstico la siguiente pregunta:
> "¿Entonces, te declaras ateo con respecto a un Dios consciente e
> inteligente?"
> Ya que lo ha ridiculizado, pongámos a prueba su coherencia, con esta
> sencilla pregunta.

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Respondo muy a bote pronto y sin mucha meditación, pero me temo que no es
tan fácil y que esa sencilla pregunta tampoco serviría de gran cosa. Al
adversario puede convenirle y, por consiguiente, puede requerirnos 
precisamente a que abandonemos
el nivel de argumentación más banal (el del dios de la gente -o dios
magufo, pitufoide o con bata-) para arrastrarnos a un terreno de discusión
aparentemente más cualificado y que, en el fondo, para él es
mucho más conveniente: el de un dios como entelequia y como causa u origen
primigenio de todo. Porque, justamente si es un adversario de buen nivel,
conocerá perfectamente la debilidad argumental que para él supondría
empezar por el "dios pitufoide"; por tanto, admitirá cualquier crítica
en ese nivel primitivo, a fin de pasar lo más rápidamente posible al nivel
en el que él se sienta en aparente igualdad de condiciones, ese nivel en el
que sabe que la ciencia se mueve aún en los límites de lo conocido. Ahí
sabe que todavía no tenemos respuestas fehacientes y probadas para todo y
que nos movemos, en algunos casos, en el terreno de las hipótesis. Ahí
se siente a salvo y hasta puede envalentonarse y agredir en algún caso. Si
ahí, en ese terreno, no conseguimos derrotarle (ojo, derrotarle no es
necesariamente convencerle, sino darnos cuenta nosotros mismos de haber
encontrado o planteado argumentos definitivos para rebatirle y aislarle),
él puede irse a casa tan ufano con su fe "racionalizada" y, desde la
afirmación de su diós enteléquico y creador de todo, reconstruir de nuevo,
uno tras otro, sus atributos magufos y pitufos de andar por casa. 

Es cartesianismo puro y simple: aceptará que se lo neguemos todo hasta
llegar al punto en que estemos en la frontera de las posibilidades de negar
con suficiente consistencia, y a partir de ahí se sentirá reforzado y
autorizado (el creyente) para afirmar lo principal y, a continuación, todo
lo demás.  

Quiero decir con todo ésto que cualquier discusión con un contrario bien
llevada requiere una cierta táctica y estrategia: sobre todo, porque hay
que partir de que el adversario, si tiene un cierto nivel, por su parte la
va a emplear también y con astucia, como en el caso descrito. Y se trata de
que nosotros le llevemos al huerto a él, no él a nosotros. Así pues, no
sólo argumentos: también táctica y estrategia para el debate, que a menudo
sirven, y mucho, para arrinconar, derrotar y, sobre todo, aislar al
contrario. Insisto en lo de aislar: porque lo interesante, más que
convencer a un adversario creyente de éstos, es debilitarle, aislarle y
acabar con su influencia oscurantista.

Se me ha agotado la tinta.

	Saludos cordiales,

	Carlos Bloss