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[escepticos] Re: Instinto, Razón y Humanidad



Ahora le contesto a Carlos (Kepler). Le dijiste a Eloy:

> No sé que problema le ves a lo que llamas "antropocentrismo".
> Hay como una corriente muy extendida (algo nihilista diría yo)
> que insiste en subsumirnos en la horizontalidad de la naturaleza,
> diciendo cosas como que somos una especie más, etc. De ninguna manera,
> no señor. Eso sí que es una falacia.
> Tenemos mayor grado de libertad que el resto de las especies y eso nadie
> podría discutirlo en su sano juicio. Duela a quien duela, y la verdad no
> entiendo por que duele. Podríamos discutir el tema ¿Qué es lo que
> diferencia lo humano de lo que no lo es?, si es que es la ampliación del
> horizonte temporal, la abstracción, la historia, el lenguaje, etc....

¿Qué nos diferencia del resto de los animales?  El tamaño y la complejidad
de nuestro cerebro.
Tal vez fue la capacidad para andar a dos patas (bipedestación) y la
consiguiente liberación de las manos para manipular los objetos, o si fue la
creciente complejidad de la vida en grupos sociales o la aparición de una
incipiente capacidad laríngea para la fonación, o todo ello junto, lo cierto
es que a lo largo de la historia evolutiva de este simio aventajado, el
cerebro fue creciendo y con ello, el número de neuronas y sobre todo, de
conexiones entre ellas. (Tal vez fuera más correcto decir que los individuos
con mayor cerebro se fueron seleccionando naturalmente, por la ventaja que
esto reportaba para la supervivencia).

Esto del cerebro mayor se traduce en una inteligencia mayor. Compartimos con
otras criaturas operaciones mentales como percibir, relacionar, sentir,
recordar, calcular medidas, comparar y comunicarnos con los semejantes. Pero
al aumentar "cuantitativamente" la inteligencia, llega un punto crítico
donde se da un cambio "cualitativo". La brecha abierta entre el animal y el
hombre se debe a que el ser humano sabe controlar hasta cierto punto sus
operaciones mentales. Esto nos permite dirigir la atención, programar los
movimientos, elegir lo que queremos aprender, construir destrezas, decidir
el comportamiento, inventar y hacer proyectos.

Este salto cualitativo confiere a los humanos tres características que no se
dan en los animales: Una es la consciencia de sí mismo, el darme cuenta de
que existo y que yo soy yo. De aquí deriva la capacidad de reflexión
(re-flexión: doblarse sobre uno mismo. Darnos cuenta de lo que sentimos,
pensamos, hacemos, deseamos, etc.)
La segunda sería el lenguaje. Como dijo Aristóteles: "Sólo el hombre, entre
los animales, posee la palabra. La voz es una indicación del dolor y del
placer, por eso también la tienen los otros animales (pues su naturaleza
alcanza hasta tener sensación de dolor y placer e indicarse esas sensaciones
unos a otros). En cambio, la palabra existe para manifestar lo conveniente y
lo dañino, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio de los
humanos frente a los demás animales: poseer, de modo exclusivo, el sentido
de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto y las demás valoraciones".
El lenguaje permite transmitir información, aun los conceptos más
abstractos, a los semejantes. De aquí se deriva la capacidad de pasar a la
descendencia todo lo aprendido en las generaciones anteriores, mediante la
educación, y desarrollar así lo que llamamos cultura.

La tercera es la conciencia de la muerte. Dejo que hable Savater:
"Para los humanos, que somos capaces de tener la conciencia previa de la
muerte, de comprenderla como fatalidad insalvable, de pensarla, morir no es
simplemente un incidente biológico más, sino el símbolo decisivo de nuestro
destino, a la sombra del cual y contra el cual edificamos la complejidad
soñadora de nuestra vida. Remedios reales y eficaces contra la muerte parece
que no hay ninguno. Tal como dijo el poeta Borges en una milonga, «morir es
una costumbre que suele tener la gente» y no hay modo de quitársela, En
cambio, los remedios simbólicos, es decir los que nos sirven de compensación
y de cierto alivio ante la certeza del morir son de dos tipos: religiosos o
sociales. Los religiosos ya los conoces (una vida más allá de la muerte,
inmortalidad del alma, resurrección de los cuerpos, transmigración,
espiritismo, etc...) y son cuestiones en las que no voy a meterme, que
bastantes clérigos hay ya en el mundo como para hacerles yo la competencia.
Aquí los que me interesan son los remedios sociales o civiles con los que
los hombres no sólo hemos procurado resguardar nuestras vidas sino sobre
todo fortificar nuestros ánimos contra la presencia de la muerte,
venciéndola en el terreno simbólico (ya que no se puede en el otro).

Las sociedades humanas funcionan siempre como máquinas de inmortalidad, a
las que nos «enchufamos» los individuos para recibir descargas simbólicas
vitalizantes que nos permitan combatir la amenaza innegable de la muerte. El
grupo social se presenta como lo que no puede morir, a diferencia de los
individuos, y sus instituciones sirven para contrarrestar lo que cada cual
teme de la fatalidad mortal: si la muerte es soledad definitiva, la sociedad
nos brinda compañía permanente; si la muerte es debilidad e inacción, la
sociedad se ofrece como la sede de la fuerza colectiva y origen de mil
tareas, hazañas y logros; si la muerte borra toda diferencia personal y todo
lo iguala, la sociedad brinda sus jerarquías, la posibilidad de distinguirse
y ser reconocido y admirado por los demás; si la muerte es olvido, la
sociedad fomenta cuanto es memoria, leyenda, monumento, celebración de las
glorias pasadas; si la muerte es insensibilidad y monotonía, la sociedad
potencia nuestros sentidos, refina con sus artes nuestro paladar, nuestro
oído y nuestra vista, prepara intensas y emocionantes diversiones con las
que romper la rutina mortificante; la muerte nos despoja de todo y por tanto
la sociedad se dedica a la acumulación y producción de todo tipo de bienes;
la muerte es silencio y la sociedad juego de palabras, de comunicaciones, de
historias, de información; etc., etc...

Por eso la vida humana es tan compleja: porque siempre estamos inventando
cosas nuevas y gestos inéditos contra las aborrecidas pompas fúnebres de la
muerte. Y por eso los hombres llegan a morir contentos en defensa y
beneficio de las sociedades en las que viven; porque entonces la muerte ya
no es un accidente sin sentido, sino la forma que tiene el individuo de
apostar voluntariamente por lo que no muere, por aquello que colectivamente
representa la negación de la muerte. Y también por eso los hombres sienten
el aniquilamiento de sus comunidades como un triunfo de la muerte más grave
y terrible que cualquier muerte individual..."

Continúo en el siguiente mail.