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[escepticos] Sexualidad e Iglesia



Os envío un artículo aparecido en el Correo de hoy
sobre el asunto de las monjitas violadas.
Carmen Bernabé es profesora de teología en la
Universidad de Deusto. Muy buena profesora, dicho sea
de paso.
Saludos,
Julius

Sexualidad e Iglesia
CARMEN BERNABÉ 
La noticia de las violaciones de religiosas por el
clero local en algunos países, sobre todo de África,
ha saltado a las páginas de los periódicos. Hacía años
que se sabía, que circulaba el rumor, pero sólo ahora
ha sido admitido públicamente por los dirigentes
eclesiales. Por supuesto, este hecho no empaña la
labor inmensa y generosa de misioneros y misioneras,
ni la de la mayoría del clero local. Las violaciones y
abusos de monjas y laicas es algo gravísimo que entra
dentro de la consideración penal y que debe ser
abordado con justicia y valentía, sin que espíritu
corporativista alguno se interponga. 

En la noticia, y en las tertulias donde se comenta la
noticia, se mezclan dos asuntos diferentes. Una cosa
es el tema de los abusos y las violaciones de monjas
por sacerdotes que se aprovechan de su situación de
poder. Un poder que en muchas ocasiones es considerado
popularmente como sagrado. Otra es el mantenimiento de
relaciones sexuales por parte del clero o de los
religiosos y religiosas. Son dos cosas muy diferentes,
aunque ambas dejan al descubierto varios problemas que
la dirección eclesial debe afrontar y que vienen
siendo puestos de manifiesto, reiteradamente, por
laicos, teólogos, y también por algunos obispos: el
tema de la consideración de la sexualidad, el tema del
celibato obligatorio para los sacerdotes, el tema de
la consideración de la mujer y el tema del poder. Un
psicólogo diría que se reducen a dos: sexualidad y
poder. La Iglesia, sus dirigentes, deben afrontarlos
ya, y con valentía, si quiere tener credibilidad,
relevancia y autoridad, pues a mayor poder de decisión
mayor responsabilidad.

Sin duda que el contexto cultural, sus valores, la
idea de las relaciones mujer-varón, su concepción del
sexo y la procreación... dan un carácter especial a
estos casos -condenables-; por otra parte bastante
improbables, con esa extensión, en un país occidental
donde la promoción y concienciación de la mujer y la
secularización han hecho acto de presencia. Sin
embargo, no se debe olvidar que en los países
europeos, en Estados Unidos, y en la misma España se
han descubierto numerosos casos de pedofilia. Por lo
tanto no parece que el contexto cultural explique
totalmente el asunto, sino que existen otros aspectos
más profundos que es necesario revisar.

El tema de las violaciones es gravísimo por la
violación en sí, por el abuso de poder que supone y
porque hace sospechar que la formación que se da a las
monjas, en esos países, sigue siendo la de la
sumisión, el sacrificio y la falta de espíritu crítico
como valores importantes en la vida religiosa, así
como se sigue inculcando la consideración del
sacerdote como un ser especial y superior, por varón y
por sacerdote. Si esas monjas hubieran sido educadas
en otro tipo de valores y de imagen de mujer, si
hubieran tenido muy claro que el sacerdote no tiene
más derecho o santidad que ellas por el mero hecho de
serlo, y si hubieran estado seguras de encontrar apoyo
fácil en su oposición o sus denuncias, la situación,
sin duda, habría sido diferente. Y esto lleva al tema
de la consideración de la mujer y su lugar en la
Iglesia. Se puede decir que la misoginia tradicional
se va superando teóricamente y se abre paso, demasiado
despacio, otro tipo de práctica; pero se puede
constatar que el imaginario, los símbolos, la
mentalidad e, incluso, el código de derecho canónico,
siguen funcionando con claves muy similares a las de
antaño. Unas claves que continúan manteniendo que la
mujer no es una persona adulta ni compañera, sino
subordinada, siempre necesitada de tutela y guía, un
ser de segunda categoría cuya actitud propia es la
sumisión.

Un asunto muy distinto a las violaciones, pese a que
apunta a una problemática similar en el fondo, es el
dato, también muy conocido, de que muchos sacerdotes,
no sólo en África o en América Latina, sino en el
resto del mundo, no guardan el celibato y mantienen
relaciones sexuales, aunque en este caso libres y
voluntarias. Uno de los temas que todo ello está
poniendo de manifiesto es el del celibato opcional.
Algo que, desde hace mucho tiempo, se viene pidiendo
desde todos los estamentos eclesiales (Pablo VI
reconoció que estaba de acuerdo, pero no quiso pasar a
la Historia como el Papa que cambiara la situación).
Aunque la mayoría de la gente no lo sabe, la situación
de los curas respecto a la castidad es diferente a la
de los religiosos y religiosas. El celibato de los
curas no fue una obligación desde el principio, sino
que fue imponiéndose, con dificultad y por motivos
filosóficos, económicos y de orden eclesial. Pero la
recepción de esta norma eclesiástica siempre fue
discutida hasta que, primero en el siglo XII y,
después, en el Concilio de Trento (siglo XVI) se
consiguió cerrar el tema. 

Sin entrar a valorar el sentido que el celibato pueda
tener en algunos casos concretos, no se puede cerrar
los ojos a los sufrimientos y los dramas que ha
generado y está generando su obligatoriedad, y es
doloroso darse cuenta de que no conduce a nada, a no
ser que se piense que a mayor sufrimiento mayor valor
y salvación, lo cual contradice al Evangelio y a la
experiencia más común. Y, sin embargo, de esto no se
habla, se trata como si fuera algo más bien vergonzoso
y personal, y con ello se evita considerarlo como algo
estructural. La concepción negativa de la sexualidad
que, en los primeros siglos, contagiaron a la Iglesia
los movimientos heréticos gnósticos y encratitas,
contra los que combatió, así como otras corrientes
filosóficas, hicieron que el concepto bíblico de la
bondad de la creación, incluida la sexualidad, quedara
bastante oscurecido. Concepción negativa de la
sexualidad que se fue transmitiendo en doctrinas,
actitudes, escritos de grandes figuras eclesiales,
leyes, prácticas... que han llegado hasta hoy y que
han configurado el imaginario, la mentalidad, y las
actitudes eclesiales.

Hoy ya no se mantiene que la sexualidad sea mala, que
el matrimonio sea un remedio para quien no puede
aguantar, como se hizo en el pasado. Ya no se dice
así, pero, en la práctica se sigue hablando de los
curas y religiosos y religiosas que «resisten
heroicamente», se continúa ?reduciendo? al estado
laical al cura que deja de serlo. Sigue detectándose
una idea no muy consciente de que quien practica la
abstinencia, de alguna forma supera, vence, lo que se
considera negativamente una necesidad y por lo tanto
debilidad humana, porque a lo que se aspira parece ser
la superación de la condición humana, en lugar de su
plenitud. En el fondo, también se sigue pensando que
el celibato, la abstinencia, son valores más grandes
que dan, por sí solos, una disposición mayor para
trabajar por los demás.

Otro de los temas que pone sobre el tapete esta
noticia es el del poder en la Iglesia, y cuestiona en
qué medida su consideración, su división y sus formas
organizativas concretas facilitan ciertos abusos de
éste u otro tipo. Hay abusos verbales (en situaciones
de avisos, llamadas al orden) que son sumamente
vejatorios, demostraciones de prepotencia que además
toman tonos paternalistas, sobre todo cuando se
dirigen a mujeres, y mucho más si son religiosas. La
Iglesia es una institución que tiene una parte
indudablemente humana y que como tal ha de organizarse
conforme a lo que, en cada época, la Humanidad va
descubriendo como más justo y acertado. Todas las
formas organizativas son históricas y sirven hasta que
otra mejor aparece. Algunas estructuras son más
evangélicas que otras en cuanto permiten ejercer el
derecho y el deber de corresponsabilidad y de crítica
constructiva que todos los bautizados tienen. La
Iglesia institución debe tomarse en serio, y como un
don del espíritu, las voces que en su seno, y en todos
los niveles de decisión -porque la Iglesia es más
plural de lo que a veces se deja ver- están pidiendo,
desde hace tiempo, una auténtica revisión y
?aggiornamento? en estos temas. Sólo así su palabra
tendrá autoridad moral.



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